
Me modelaron allá por el año mil quinientos y pico, en un alfar de Triana que se encontraba junto al río, con barro blanco de la Vega de Tablada. Ya de por sí me hicieron un poco defectuosa y con una berruga cerca de la boca, y por si fuera poco, durante la cochura no pude resistir las altas temperaturas, reventé y quedé cascada para toda la vida.
Mi destino iba a ser el de recipiente de las ricas aceitunas del Aljarafe, para ser llevada en Galeón hasta Brujas, Flandes o quizás al Nuevo Mundo. ¡Con las ganas que tenía de viajar!
Fui a parar al montón de las desechadas.
Pero no hay mal que por bien no venga.
Por aquellos días se estaba construyendo una de las bóvedas del Monasterio de San Jerónimo de Buena Vista y el maestro de obras necesitaba cantaros y tinajas para aligerar los riñones, según las instrucciones dadas por el arquitecto.
Los monges, que todo lo piden, dieron una batida por los alfares trianeros, a fin de conseguir el material necesario para el relleno de la bóveda. En una carreta fui llevada hasta el monasterio y me colocaron encima de una llaga no tapada de la plementeria de la bóveda.
Años más tarde, el día tres de Julio de mil quinientos sesenta y nueve, murió ahogado en el río, frente al monasterio, un muchacho de quince años, alto, moreno y delgado, de aceitunados rasgos berberiscos. Se llamaba Cristóbal y era hijo de D. Rodrigo de Zúñiga, rico hacendado sevillano que vivía junto a la puerta de Goles y que poseía huertas colindantes al monasterio.
Por la amistad del prior con D. Rodrigo, su hijo reposó aquel día en el recinto que cubría la bóveda en la que yo descansaba.
Aquella misma noche fui poseída por su espíritu y desde entonces soy plena y me siento feliz.
En mi entra, de mi sale, pero siempre vuelve a su embril.
Mas de cuatrocientos años permanecí en la bóveda de San Jerónimo hasta que con motivo de la Exposición Universal de 1992 se acometieron las obras de restauración del monasterio.
No sabes lo que aprendí durante tantos años, sin hablar pero siempre escuchando ya que la bóveda quedaba cerca del refectorio y las conversaciones de los monges llegaban a mis oídos a través de la grieta de la plementeria.
El día que levantaron el solado que nos cubría para ser restituido por otro nuevo, apareció por la tarde, después de que los albañiles se fueran, un arquitecto de Coria, esendriñador y buscador de tinajas poseedoras de duendes y espíritus benignos.
Nada más verme entre mis compañeras percibió que yo era la poseída. Me extrajo con delicadeza y ocupó mi hueco con un cantarillo que estaba más arriba.
En su casa me raspó, me lavó, pegó mi grieta transversal, me huntó aceite de linaza con almagra para suavizar mi textura y mejorar mis color, pálido después de tantos años enterrada.
Fui colocada en el sótano, en un montón, junto a otras tinajas de distintas épocas.
En agosto del 2000, una chica, al ver el montón de tinajas detectó rápidamente que yo era la poseída por el espíritu del joven macareno de los ojos negros.
A partir de ese momento me adoptó. ¡Cuídame! No te arrepentirás
Mi destino iba a ser el de recipiente de las ricas aceitunas del Aljarafe, para ser llevada en Galeón hasta Brujas, Flandes o quizás al Nuevo Mundo. ¡Con las ganas que tenía de viajar!
Fui a parar al montón de las desechadas.
Pero no hay mal que por bien no venga.
Por aquellos días se estaba construyendo una de las bóvedas del Monasterio de San Jerónimo de Buena Vista y el maestro de obras necesitaba cantaros y tinajas para aligerar los riñones, según las instrucciones dadas por el arquitecto.
Los monges, que todo lo piden, dieron una batida por los alfares trianeros, a fin de conseguir el material necesario para el relleno de la bóveda. En una carreta fui llevada hasta el monasterio y me colocaron encima de una llaga no tapada de la plementeria de la bóveda.
Años más tarde, el día tres de Julio de mil quinientos sesenta y nueve, murió ahogado en el río, frente al monasterio, un muchacho de quince años, alto, moreno y delgado, de aceitunados rasgos berberiscos. Se llamaba Cristóbal y era hijo de D. Rodrigo de Zúñiga, rico hacendado sevillano que vivía junto a la puerta de Goles y que poseía huertas colindantes al monasterio.
Por la amistad del prior con D. Rodrigo, su hijo reposó aquel día en el recinto que cubría la bóveda en la que yo descansaba.
Aquella misma noche fui poseída por su espíritu y desde entonces soy plena y me siento feliz.
En mi entra, de mi sale, pero siempre vuelve a su embril.
Mas de cuatrocientos años permanecí en la bóveda de San Jerónimo hasta que con motivo de la Exposición Universal de 1992 se acometieron las obras de restauración del monasterio.
No sabes lo que aprendí durante tantos años, sin hablar pero siempre escuchando ya que la bóveda quedaba cerca del refectorio y las conversaciones de los monges llegaban a mis oídos a través de la grieta de la plementeria.
El día que levantaron el solado que nos cubría para ser restituido por otro nuevo, apareció por la tarde, después de que los albañiles se fueran, un arquitecto de Coria, esendriñador y buscador de tinajas poseedoras de duendes y espíritus benignos.
Nada más verme entre mis compañeras percibió que yo era la poseída. Me extrajo con delicadeza y ocupó mi hueco con un cantarillo que estaba más arriba.
En su casa me raspó, me lavó, pegó mi grieta transversal, me huntó aceite de linaza con almagra para suavizar mi textura y mejorar mis color, pálido después de tantos años enterrada.
Fui colocada en el sótano, en un montón, junto a otras tinajas de distintas épocas.
En agosto del 2000, una chica, al ver el montón de tinajas detectó rápidamente que yo era la poseída por el espíritu del joven macareno de los ojos negros.
A partir de ese momento me adoptó. ¡Cuídame! No te arrepentirás

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