
El amor... qué bonito. Está tan mitificado que cuando nos damos cuenta de lo que es realmente nos quedamos con el labio superior arqueado hacia arriba, vamos con cara de asco. El amor es muy bonito, lo más bonito que nos puede pasar en la vida, pero es realmente bonito cuando hemos dejado de sobrevalorarlo. Sólo es bonito cuando es real, y sólo es real cuando no sólo nos damos cuenta, sino que aceptamos que nuestra pareja puede que sea poco romántica (es un shock ver que tu relación no es un cuento de hadas, que no hay flores ni vestidos bonitos ni cenas a la luz de las velas ni nada), que se tira pedos, que por la mañana le huele el aliento, que le está saliendo tripita, que eructa, etc, etc... vamos, cuando por fin descubrimos que nuestra pareja es un ser humano, como nosotros, nada de príncipe azul ni de malvado rey del rock. Entonces descubres lo bonita que es la vida en común, el proceso de adaptación del uno al otro, los abrazos mientras duermes, el estar en el sofá no haciendo nada, sólo con su compañía, la que él te da porque quiere, la que tú le das porque quieres, un amor sin condiciones, porque sí, porque ámbos queréis. Cuando nacemos, nuestros padres, hermanos, primos, abuelos y tíos nos quieren porque existe un vínculo de sangre inquebrantable, básicamente porque tienen que querernos. Cuando tenemos pareja, nos queremos porque queremos querernos, y eso es aún más inquebrantable, aún más fuerte. ALEGRÍA

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